Constelaciones familiares

El origen de las constelaciones familiares

El origen de las constelaciones familiares se le debe al Alemán Bert Hellinger, filósofo, pedagogo, antropólogo y teólogo nacido en 1925. Fue misionero católico en Sudáfrica durante 16 años. Estudio sobre el psicoanálisis en la Escuela de Viena y se encaminó hacia las comunicaciones interpersonales en el último cuarto del siglo XX; recurrió también al psicodrama así desarrolló su propio modelo de Terapia Sistémica.

Durante la década de los ochenta conoció las leyes a través de la cuales se generan identificaciones y consecuencias trágicas entre los integrantes de una familia. Su Teoría de las Constelaciones Familiares, dirigida a la solución, es una de las terapias alternativas más populares para sanar las relaciones en el núcleo de la familia.

Una constelación ayuda a comprender las dinámicas desfavorables que operan en un sistema. Las personas están mejor cuando ocupan el lugar que les corresponde, sean hijos, padres, parejas etc.

En los últimos años ha crecido el interés por una terapia psicológica relativamente reciente, que combina la atención al lugar que ocupamos en nuestro sistema familiar con una teatralización de las vivencias traumáticas, muy innovadora.

En este contexto encuentran espacio y sentido las terapias y enfoques profesionales de ayuda, métodos de asesoramiento filosófico o existencial capaces de reconectarnos con el interior, a menudo olvidado por la espesura de nuestra cotidianidad. Entre estas técnicas, las Constelaciones Familiares han destacado e impactado fuertemente en la cultura y la ayuda terapéutica, en esta última década, por su misterio, intensidad y eficacia. Como abordaje se enmarca en principios sistémicos, transgeneracionales y existenciales.

 

Bert Hellinger.

Bert Hellinger bebió de muchas fuentes, tanto filosóficas como teóricas, pero resaltamos dos de sus grandes precursores metodológicos. El primero, Jacob Moreno, creador del psicodrama, en el cual se buscan, con una pseudoteatral, soluciones nuevas y creativas para viejas escenas limitantes que nos hicieron sufrir en el pasado y no hemos logrado soltar ni resolver. Y en segundo lugar, Virginia Satir, una de las pioneras en el trabajo terapéutico familiar, ideó la técnica de la escultura familiar, para comprender los roles incongruentes y las danzas de comunicación y relación disfuncionales en las familias, evidenciando la implicación compartida de todos sus miembros, que intentan desesperadamente preservar su dignidad.

 

Metodología escénica

A través de una constelación, una persona, una pareja o una familia que plantea problemas de relación, de personalidad, de comunicación, de conducta, de salud, de sufrimiento en su trabajo  etcétera, logra comprender en un tiempo breve las dinámicas e implicaciones desfavorables que operan en su sistema alimentando lo problemático, y cambiarlas. La metodología, que habitualmente se practica en grupo, es asombrosamente simple y escénica. Se eligen representantes para las personas involucradas en el asunto, las necesarias para su comprensión y solución, ya sean de la familia actual o de la familia de origen, parejas anteriores, personas de nuestro sistema laboral, etcétera, y luego se posicionan en el espacio, de manera que el cliente exterioriza la imagen interior que tiene acerca de sus vínculos y su red de relaciones. Se plasma así una geometría que expresa como se perciben las conexiones y el lugar que ocupa cada quien en el sistema. A continuación, afloran las dinámicas que mantienen los problemas, generalmente muy sutiles, casi invisibles, y se generan imágenes alternativas de solución a través, por ejemplo, de la integración de excluidos, o reparaciones entre las personas, o se completan movimientos emocionales pendientes, o se expresan frases rituales que ordenan, estructuran y alivian a todos los miembros del sistema. El cliente o clientes suelen tener la sensación de haber liberado viejos pesos, culpas o destinos difíciles, y de orientarse mejor hacia lo bueno y hacia sus propios objetivos.

Personas que repetían patrones o destinos desdichados (suicidios, adicciones, depresiones, fracasos, luchas, traiciones, y de más…) de otras personas en las familias, siguiendo amorosas lealtades invisibles, quedan liberadas. Hijos que aman ciegamente a sus padres, y navegan en la sintonía de su sistema, asumiendo dinámicas terribles como seguir a la muerte a otras personas cuyo duelo no ha sido completado, o enfermar o asumir sacrificios o culpas o venganzas por otros, o tomar a su cargo esfuerzos y lugares que no corresponden, se muestran por fin disponibles para estar más felices en su vida o en su pareja o su trabajo. El efecto de una constelación suele ser el de una liberación porque lo meramente intuido es desvelado y enfrentado, y porque lo no resuelto es encarado por fin, a menudo acompañado de una fuerte emocionalidad que es catárticamente descomprimida. De modo que las Constelaciones actúan en la profundidad de los misterios sutiles de nuestro grupo familiar y de los requerimientos de su Alma colectiva. Pues las Constelaciones trabajan con esta Alma común, un ente gregario y colectivo al que pertenecemos y de cuyo orden y salud depende nuestro bienestar personal. Es decir, pertenecemos a un Alma colectiva familiar que nos envuelve y nos acoge al mismo tiempo, dándonos identidad y satisfaciendo nuestra sed de pertenencia, que es el instinto más poderoso del ser humano, al tiempo que nos ata a lealtades y exigencias sacrificadas, que pueden y deben ser superadas para que la orientación a la vida y la felicidad triunfe sobre sus contrarios de muerte y desdicha.


Alma o mente colectiva

Según Hellinger,  esta alma o mente colectiva una fuerza que une y dirige a quienes le pertenecen, y lo hace siguiendo ciertas leyes, Órdenes del Amor (una expresión original de San Agustín), explicaremos a continuación, cuyo respeto y cumplimiento favorece que el nexo y el amor, generalmente presente entre los miembros del grupo o familia, en su bienestar y dicha, y cuya transgresión suele acarrear sufrimientos y sacrificios que muchas veces parecen ilógicos, a juzgar por el amor que sienten los unos por los otros. Esta Alma colectiva a la que pertenecemos ha sido impactada por dones y por heridas, por vida y por muerte, por risas y por lágrimas, por avances y retrocesos. El colectivo como tal es retado a asumir e integrar todos los hechos que la existencia, regida por los dos grandes poderes del vivir que son la sexualidad y la muerte, les regala. La Sexualidad abre las puertas de la vida y la hace avanzar y prosperar, teniendo como aliados al amor, la alegría de vivir, la fortaleza, y la esperanza. Por el contrario, la Muerte cierra las puertas de la vida y nos obliga a crecer a través del dolor, que nos traen sus poderosos aliados como la enfermedad, los abortos, la autodestrucción, la violencia, las adversidades accidentales. En los sistemas familiares hay hechos que duelen, debilitan, avergüenzan o lastiman, y el sistema trata de protegerse de ellos a veces con el silencio, encerrándolos en el olvido, sin advertir que los silencios son sonoros y tienen consecuencias, e impiden la fortaleza y la salud del grupo, y a menudo conllevan implicaciones y sacrificios. Se requiere integrar lo que dolió o devastó para que pierda su poder y quede como pasado.

Vivimos no sólo en nuestra mente individual sino perteneciendo a redes de vínculos, almas colectivas, cada una con su propia mente arcaica e imperiosa, que nos influyen e incluso gobiernan, aunque no las comprendamos (especialmente la familiar). En estas redes, el amor no es suficiente para asegurar el bienestar; requiere de un orden. A algunas personas les parece ilógico el sufrimiento si el amor está presente. Sin embargo, la evidencia muestra que muchas personas sufren a pesar de la presencia del amor. El amor no basta, pues se requiere Buen amor o Amor ordenado. El buen amor se reconoce porque nos conduce hacia el bienestar, la vida, el provecho y la realización. El buen amor supone que hemos avanzado emocionalmente para respetar y asentir al pasado y a los dones y las heridas de nuestros anteriores, en lugar de involucrarnos en estas, repitiéndolas, o mostrándoles una fidelidad mal entendida a nuestros anteriores con nuestra infelicidad. Así, el buen amor logra que vayamos un poco más allá en más vida, tanto en bienestar como en felicidad.

Guiándonos por la intensidad de los vínculos como destino común y por su capacidad para plasmar grandes dones o graves implicaciones, pertenecen a esta red, en la que muchos estamos en resonancia con muchos, los siguientes: el hijo, con sus hermanos, incluyendo los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los padres y sus hermanos, incluyendo también los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los abuelos y sus hermanos, también los bisabuelos y aun otros anteriores si tuvieron destinos muy marcados; también pertenecen aquellos que hicieron espacio para otros, por ejemplo, parejas anteriores por cuya desaparición las posteriores obtuvieron el lugar, y también aquellos que tuvieron pérdidas a costa de que otros tuvieron ganancias (como víctimas de guerra o de asesinatos), o al revés, algunos que tuvieron ganancias o hicieron daño a costa de la pérdida de otros (asesinos, dañinos, estafadores).

 

Órdenes del amor

El primer orden del amor nos dice que, en esta red de vínculos, todos sin excepción, con independencia de si se les juzga positiva o negativamente, tienen el mismo derecho a pertenecer y a ser incluidos y dignificados, permitiendo y exigiendo que asuman su destino y sus culpas y las consecuencias de las mismas, cuando así fuera el caso. En la práctica ocurre que los sistemas familiares excluyen o apartan a algunos de sus miembros porque condenan su comportamiento, o porque su recuerdo es demasiado hiriente, vergonzoso o doloroso. A veces, hay personas que murieron pronto, o personas que se suicidaron, y esto ocasiona dolor o vergüenza en los descendientes, o bien incluso padres a los que se juzga por no haber hecho lo adecuado o por irresponsables, malos, maltratadores, abandonadores, alcohólicos, etc. En realidad, excluir es un movimiento de la mente personal que trata de protegerse de lo que le genera dolor. Pero la Mente Colectiva, el Alma común, no entiende el lenguaje de la exclusión y sigue un principio existencial que reza que “todo lo que es tiene derecho a ser tal como ha sido, y a ser reconocido de esta manera”. Cuando este principio es respetado, como fruto de cavar en el propio proceso emocional y asentir a los asuntos familiares, el pasado queda liberado y el futuro puede ser fuerte y real. Cuando hay exclusiones, la Mente Colectiva impone la consecuencia inevitable de que lo excluido será encarnado de nuevo por personas posteriores, que no tienen nada que ver con el asunto, y que muchas veces inconscientemente, sin saberlo, siguen el destino del excluido. Es el efecto de las habitaciones prohibidas que atraen inevitablemente a algunos en un intento fallido de elaborar y cerrar capítulos dolorosos de los sistemas. ¿Cuántos se hacen alcohólicos siguiendo a un padre despreciado por su alcoholismo? ¿Cuántos padecen un apego frágil a la vida cuando en el corazón de la familia se les vive como miembros que reemplazaron a alguien perdido por muerte temprana, por ejemplo, o se sienten atados a la persona que falleció, y con dificultades para tomar la vida en plenitud? ¿Cuántos sienten impulsos suicidas cuando otros, anteriores, también se quitaron la vida o bien se hicieron culpables de la muerte o la desgracia de otras personas?

El segundo orden del amor es de una simplicidad extraordinaria: las personas están mejor cuando ocupan el lugar que les corresponde y no otro, lo que, traducido a los sistemas familiares, significa que los hijos sean hijos y los padres sean padres, y que en la pareja ambos sean adultos, iguales, y caminen juntos. Si enunciarlo es fácil, que se cumpla no lo es tanto. ¿Cuántos hijos no se ven llevados a tomar la posición invisible de padres de sus padres, especialmente cuando estos los perdieron pronto o los rechazaron (y entonces, sin darse cuenta, buscan en los hijos lo que les faltó de sus padres), y los hijos lo asumen por amor, al precio a veces de llevar mochilas que dificultan su propia vida y expansión? ¿Cuántos hijos se encuentran implicados con uno de sus padres en contra del otro, o se sienten la pareja invisible de uno de ellos, o están demasiado cerca de uno de sus progenitores y en contra del otro, o hacen malabarismos emocionales y enferman en un intento heroico de preservar un buen lugar a sus padres en su corazón? No debemos olvidar que el anhelo genuino de los hijos es aunar a ambos padres en su interior, con independencia de lo que pase o haya pasado entre ellos. Demasiados padres se comportan como pequeños y demasiados hijos se comportan como grandes y especiales: cada quien en el lugar que le corresponde. Y esto significa también que los posteriores se apoyan en los anteriores y orientan su mirada hacia el futuro.

El tercer orden del amor refiere reglas de intercambio entre el dar y el recibir, lo cual riega y sostiene la vida de todos. En lo que respecta al vínculo con los padres, por ejemplo, no podemos devolver lo mucho recibido y lo compensamos y equilibramos dando a nuestros hijos o sirviendo y cuidando a la vida con nuestros dones. Hacemos justicia a lo recibido logrando una vida buena y, a ser posible, larga. También compensamos cuidándolos dentro de nuestras posibilidades cuando lo necesitan en el declive de su vida.

Al trabajar con los problemas de las personas, encontramos que muchas no están asentadas en lo que viene de los padres (que simbolizan la vida) y más bien se niegan a tomar lo que recibieron, para preservarse de lo negativo. Sin embargo, de este modo raramente se ponen en paz con ellos mismos y con la vida, entregándole lo que tienen para darle. Más bien se empobrecen y se escatiman, posicionándose en el victimismo o el resentimiento u otros lugares de sufrimiento. Tomar lo que viene de los padres, aunque incluya heridas dolorosas, y trabajar emocionalmente en ello parece ser una suerte de salvoconducto para el buen amor y un antídoto contra muchos males, que nos induce a tomar responsabilidad por la propia vida y la renuncia a jugar juegos psicológicos, llenos de sufrimiento, por ejemplo con la pareja o con los hijos o en entornos profesionales.

Respecto a los iguales, la regla del intercambio es mantenerlo equilibrado, para asegurar la paridad y la igualdad de rango. Damos, tomamos, compensamos, equilibramos, y estamos libres, y si seguimos juntos es usando nuestra libertad, no por sentido de deuda o de ser acreedores. Es un clásico en conflictos de pareja que suela haber desequilibrios en este intercambio de manera tal que uno se siente deudor y acreedor y ya no son capaces de mirarse a los ojos con confianza y de corazón.

Ayuda a las personas y las familias,  que haya un orden, ordenar el amor, en la que estén todos sin excepciones e igualmente dignos de respeto y de consideración, cada uno en el lugar exacto que le corresponde y nutriéndose los unos a los otros de manera tal que logren crecer en lugar de padecer. He aquí, el buen amor.

 

 

Quiero Constelarme

Si nunca has asistido a un taller, y necesitas más información la noticia es que las  Constelaciones no es algo que se pueda explicar fácilmente. Cualquier explicación que te den será parcial, incompleta, y probablemente te crearás una imagen distorsionada. La única manera de entenderlo es asistiendo a un Taller

El precio de un Taller medio

Los precios medios de un Taller de un día suelen situarse entre 100 y 250 Euros. Ese es un precio extremadamente económico, si lo comparamos con la infinidad de sesiones de Terapia convencional que son necesarias para lograr el mismo resultado, ó incluso no llegar a lograrlo. No obstante, si no te puedes/quieres permitir esa cantidad, puedes acudir a un Taller de un Facilitador novel.

 

He tenido ó me han contado alguna mala experiencia

En España existen multitud de facilitadores de Constelaciones aunque con distintos bagajes y filosofías. Esta terapia, como tantas otras, no está reglada, por lo que no existen unos criterios unificados en cuanto a la cantidad y tipo de formación y supervisión que un facilitador de Constelaciones ha de realizar. Por tanto, puede haber sorpresas. Finalmente, la mejor recomendación es que acudas a un taller como observador, y observes si el estilo y actitud del facilitador están en consonancia contigo, antes de trabajar con él o ella.

 

Quiero hacer mi Constelación, pero nunca me toca el turno

Algunos Talleres están formados por un número elevado de personas. Eso implica que lógicamente no todos tienen tiempo de hacer su Constelación. Y eso está bien. Bien porque la mejor manera de hacer la primera Constelación propia es habiendo participado antes como observador y también como participante. Por eso hay quien recomienda no hacer la primera Constelación propia hasta el segundo Taller en el que se participe.

Aun así, hay casos en los que efectivamente el grupo es tan grande, que no llega el turno. Por eso es bueno tener en cuenta que, independientemente de la velocidad del Facilitador, en un taller de un día no da tiempo a constelar más de 14 personas.

Eso no es necesariamente malo, pero si para ti resulta un problema, ten en cuenta que hay muchos Facilitadores que llevan grupos más pequeños.


¿Dónde y con quién me constelo?

Existen multitud de facilitadores de Constelaciones en España, aunque con distintos bagajes y filosofías. Esta terapia, como tantas otras, no está reglada, por lo que no existen unos criterios unificados en cuanto a la cantidad y tipo de formación y supervisión que un facilitador de Constelaciones ha de realizar. Por tanto, puede haber sorpresas.

Si el facilitador ha pasado algún tipo de homologación, como la necesaria para ser miembro titular ó didacta de la AEBH, ello es un factor positivo, aunque no necesariamente determinante para su calidad. Asimismo, un bagaje previo en psicoterapia, así como al menos 600 horas de formación específica en Constelaciones Familiares son factores que aportan ciertos niveles mínimos de calidad, aunque tampoco son necesariamente determinantes. Finalmente, la mejor recomendación es que acudas a un taller como observador, y observes si el estilo y actitud del facilitador están en consonancia contigo, antes de trabajar con él o ella.

Es fácil encontrar muchos talleres de Constelaciones en las cinco grandes capitales, y más difícil, aunque no imposible, en otras ciudades y algunos pueblos.

 

¿Puedo Constelar un problema de otra persona?

Sí, siempre que esa persona pertenezca a tu núcleo de familia.

Es decir, padres e hijos, tanto de tu familia actual (ej: un problema de tu hijo) como la de origen (ej: de tu hermano), aunque deberemos fijarnos en la motivación por la que quieres trabajar.

Abordar problemas de gente menos cercana (como tíos, sobrinos, etc.) no es recomendable.

 

 

¿Cómo debería prepararme para Constelar?

Primeramente, es recomendable que investigues acerca de los sucesos significativos en tu familia de origen (padres, tíos, abuelos, bisabuelos, y parejas anteriores de los padres y abuelos). En Constelaciones, los sucesos significativos son: muertes antes de los 30 años, cuando el hijo es pequeño,  ó simplemente muertes prematuras, asesinatos -civiles o militares-, abuso sexual, adicciones, estafas en herencias y otros sucesos significativos. Son cruciales aquellos hechos o personas de las que no se habla en la familia (excluidos, “ovejas negras”, abortos, secretos de familia…). No interesan aquí descripciones psicológicas (“mi madre era autoritaria”, “mi padre me pegaba”, etc).

 

Después, es importante que elijas bien tu tema (aquello que te causa sufrimiento continuado y que se repite en tu Vida ).

 

¿Qué debo hacer tras una Constelación?

“Las Constelaciones actúan cuando uno las deja exactamente de la manera en que las vio. Cualquier discusión sobre su contenido destruye la imagen.

Lo mismo aplica cuando uno acaba de trabajar, alguno del grupo se le acerca a preguntarle: ¿cómo estas, como te ha ido? ¿Qué harás ahora? Lo que están haciendo es picotear su alma. Esta mal invadir de esta manera el alma de otra persona como si tuviéramos el derecho a hacerlo. Ninguna persona tiene el derecho de hacerlo. Tampoco sirve intentar consolarlo. La persona es fuerte.

No hay que interferir. Y eso es válido para todo este trabajo. La persona misma tampoco debe actuar inmediatamente tras una Constelación. Así no funciona. La imagen tiene que descansar en su alma. A veces durante mucho tiempo, quizás medio año o más. Y uno no hace nada para cambiar. Las imágenes ya actúan, simplemente estando. Y al cabo de un tiempo en el alma se reúne la fuerza necesaria para hacer lo correcto. Aquello que es correcto y bueno será diferente de lo que uno ahora acaba de ver. El alma de la persona sabe mucho más todavía y al final uno sigue a su propia alma y así tiene plena fuerza.

Por tanto, no sigue ni al terapeuta ni tampoco a esta imagen. Uno sigue a su alma. Pero esta imagen ha impulsado algo en su alma que posteriormente hace posible el actuar.

 


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